Cuenta la leyenda que eran como la luna y el sol; podían existir en el mismo firmamento pero sólo la alineación del tiempo y el espacio permitiría que se encontraran antes de la destrucción. El Escapista, hijo de la pureza en sí misma y Pitón, un alma condenada a la soledad. Benevolentes eran aquellos que permitieron un roce o dos, la cercanía indestructible de lo que alguna vez fue el amor; dichosos eran los que conocieron sus nombres y les vieron jugar a ser mortales, pero suertudos fueron solo quienes consiguieron escapar del abrazo eterno de la mujer de los ojos verdes. Una de tres fue la elegida y corrió con la mala suerte de tener más tiempo que vida. Su nombre delicado como una rosa se deformó a la calamidad de una bestia entre la selva, y él, su eterno enamorado permaneció atento a cada uno de sus cambios, permanentes, hipnotizantes, sin ser consciente de que su alma se desdoblaba, sin saber que ella tenía un pie en la tierra y otro en e...

Comentarios
Publicar un comentario