Cuenta la leyenda que eran como la luna y el sol; podían existir en el mismo firmamento pero sólo la alineación del tiempo y el espacio permitiría que se encontraran antes de la destrucción.
El Escapista, hijo de la pureza en sí misma y Pitón, un alma condenada a la soledad. Benevolentes eran aquellos que permitieron un roce o dos, la cercanía indestructible de lo que alguna vez fue el amor; dichosos eran los que conocieron sus nombres y les vieron jugar a ser mortales, pero suertudos fueron solo quienes consiguieron escapar del abrazo eterno de la mujer de los ojos verdes.
Una de tres fue la elegida y corrió con la mala suerte de tener más tiempo que vida. Su nombre delicado como una rosa se deformó a la calamidad de una bestia entre la selva, y él, su eterno enamorado permaneció atento a cada uno de sus cambios, permanentes, hipnotizantes, sin ser consciente de que su alma se desdoblaba, sin saber que ella tenía un pie en la tierra y otro en el cielo.
La bestia de las nubes descendió para ser partícipe de su creación, una criatura de belleza inmensurable y la que sería su reina de la destrucción. Pero Pitón amaba la pureza de El Escapista y no las promesas del Señor Siniestro, fue entonces que el universo dejó de tener control sobre ese pedazo de tierra, y las fuerzas del odio consiguieron eclipsar el cielo para siempre.
Por todo lo bueno que existió, su nombre quedó como una mancha en el papel y el poder de dos esclavos exorcizó la vida que recordaba, quizá obteniendo la segunda oportunidad que sus ojos imploraban, quizá entregando con fuerza innata la inmortalidad que ella merecía. Solo quienes estuvieron tienen la potestad de asegurar lo que maldijo al pueblo, pero todos desconocen el nombre y el camino que un ser de luz, o un ser de las tinieblas podría tomar para reclamar lo que por derecho de la divinidad siniestra le pertenece: La pureza, o la maldad.
No te equivoques con ella, cualquier rastro de bondad se escapó en el eclipse aunque su labios digan lo contrario. Peligra más aquel que en sueños la vea como una rosa y no como espinas, no es la luz del sol la que alumbra sino la que enceguece, y no es la luz de la luna la que indica, sino la que extravía. Aún con el paso de los años, su propósito heredado mantiene en pie su reino de la confusión, títere de titiritero que se deleita con el dolor. La noche es eterna solo para quienes la buscan estando bajo la calidez del sol y efímero es el día si se busca en las nubes, estrellas sin color.
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